La formación de un filósofo asesor debe partir desde el conocimiento de su tradición filosófica para alcanzar el reconocimiento de los problemas de su sociedad. Su compromiso con la comunidad es trazar una línea de sentido entre lo que se piensa y lo que se hace, debe poder mostrar el contenido trascendente de las acciones. Dicho esto, considero que la formación del filósofo, en primer lugar, ha de estar a cargo de sí mismo, pues es el cultivo de sus muy particulares habilidades el que dará consistencia a su práctica. Pero, no es aconsejable formarse en soledad, ya que un filósofo asesor necesita de su comunidad para nutrirse de otras perspectivas y experiencias, debe disponer de un repertorio de interlocutores que estén allí para responder sus dudas y preguntas.
Por eso la formación de un filósofo asesor debe correr a cargo de la academia a través de masters y postgrados,(si no los hubiere por lo menos debería aspirarse a un mínimo de coherencia entre los contenidos de los cursos de formación ofrecidos por las diferentes asociaciones); debe ser también el producto de un ejercicio personal de sus propias habilidades y debe estar asociado a otros grupos que compartan sus mismas inquietudes.
De este modo es como únicamente pueden conformarse unos actores sociales activos y dispuestos a participar en los procesos decisorios y reflexivos de su comunidad.