El culto de los libros

Es una pieza surgida como práctica de desespacialización, es decir, transformar un espacio conocido en otro diferente.

El culto a los libros.

Rayda Guzmán (texto caligrafiado en la portada)

 

Que el mundo existe para llegar a un libro, es probable porque la palabra es el único artilugio humano que sirve para construir ese mundo.

La naturaleza podría existir con sus nubes, sus átomos y sus bigbanes, pero ¿qué sería de todo esto sin su libro correspondiente? Sólo Caos informe e impensable. El vértigo que suscita imaginar el origen del universo más allá de cualquier temporalidad conocida, la ubicuidad a la que invita un cielo estrellado cuyo fondo imperceptible es como una no-página infinita e informe, recuerda incesantemente el valor del libro.

El libro de la naturaleza, como así lo llaman algunos, tiene que ver con una idea de soporte sobre el cual la mano del homo faber necesita dejar su imprenta. Armado con su cuchillo afilado tiene que tallar sobre la corteza de un árbol un corazón con dos iniciales, y volver al cabo de los años para reencontrarse con sus recuerdos.  Deja huellas en las cavernas, esculpe falos en murallas, traslada de un idioma a otro, textos enteros en una Piedra Roseta, y va dejando infinidad de huellas de su paso. Es como si estuviera obsesionado por ser encontrado o acaso por regresar al punto de partida, eso no se sabe.

Pero, el libro de la naturaleza como tal no existe, sólo es angustia etérea que no acoge a la palabra. Se dice que en el espacio exterior, allá afuera donde no hay aire, ni atmósfera, el sonido no ocurre. Dicen que hay silencio, o que se oye algo, un zumbido acaso, pero nada que se pueda comparar con un sonido. Los hombres, entonces, han de valerse de aparatos que puedan transmitir y conducir a las palabras, intactas, tal como ellas son. El libro de la naturaleza es cruel por silencioso y extraño, porque no está hecho para escribir en él, no se puede dejar ningún tipo de impronta en él, por eso el homo faber se las tiene que ingeniar.

Y siendo de ese modo, el ser humano necesitado por dejar un rastro para ubicarse o para volver, ve en la inmensidad lo que la misma naturaleza ocultaba tan explícitamente, ve un soporte, ya no oscuridad sino claridad, ve un soporte parecido a una página en blanco. No es un libro, se dice a sí mismo, pero puede llegar a serlo.

Entonces sucede el milagro y con una arquitectura minuciosa que emula a las hormigas, comienza a construir el mundo que le tocará habitar. Lleva pesadas cargas de aquí para allá, y puede ser que, jugando, el hijo de algún Dios le quite su carga y así se sienta perdido, pero al igual que las hormigas volverá  a por más. Las cargas son desproporcionadas para su peso, como las palabras, las teorías, el conocimiento. El libro se va escribiendo, cada uno pone lo que puede, algunos una coma, otros, frases enteras, pocos pueden acabar un capítulo y todos sin excepción saben escribir el punto final.

El libro como objeto no es sólo ese libro material que tengo delante, sea grande, pequeño, viejo, nuevo, lujoso, pobre, interesante, aburrido, propio o ajeno; el libro es más que eso, es un concepto, es una pantalla que me permite pensar y sin el cual seríamos una horda desbandada.

El mundo como libro y vivir para llegar a un libro es el único medio en que se puede verificar la característica material del ser humano que se traduce en la huella. Esa materialidad desafía al tiempo y al espacio, crea historia, una en la cual el soporte sigue siendo el universo y sin la cual no serían posibles los libros.