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“La comprensión, en tanto que distinta de la correcta información y del conocimiento científico, es un complicado proceso que nunca produce resultados inequívocos. Es una actividad sin fin, siempre diversa y mutable, por la que aceptamos la realidad, nos reconciliamos con ella, es decir, tratamos de sentirnos en armonía con el mundo.”Hanna Arendt,

“Cuando decidí acercarme a las aguas de la consulta filosófica me encontré con dos situaciones que llamaron mi atención. La primera, el exceso de celo por parte de los asesores sobre su práctica y su casuística , lo cual me hizo sospechar que había poca práctica y que la consulta filosófica se desvanecía en anécdotas, por ello publiqué La Mujer Serena, que sólo trata de casos -ficcionalizados pero reales atendidos en consulta. Y la segunda, la falta de seriedad en la aplicación de la filosofía a los mencionados casos (por ejemplo el reiterado llamamiento al ‘diálogo mayéutico’ como único método filosófico olvidando con ello sus carencias y la exclusión de otros tipos de diálogos o experiencias filosóficas. Empezaré por aclarar que la filosofía no necesita del modelo ‘terapéutico’ (aproximación al paciente, modos de la escucha, el trato, interpretación del lenguaje, entre otros) pues, en tanto ligada a la tradición de la paideia ella posee su aproximación propia y su manera particular de construir el espacio dialógico. De hecho el rigor científico de ella se construye sobre la especulación y el razonamiento depurados, sobre su capacidad dialógica comprensiva e interpretativa. Por otra, la filosofía en su práctica no se puede reducir a un decálogo de recetas que evaden el trabajo minucioso sobre la tradición. Una persona formada en filosofía –al igual que cualquier otra– tiene una visión personal del mundo, una visión que ha construido con el material que le ofrece su entorno cultural y social, con sus gustos filosóficos y con su propia concepción de lo que es la realidad. Si el filósofo que asesora, tanto como el que da clases, no posee esta
‘visión filosófica personal’ será un mero repetidor de doctrinas que ha aprendido gracias a una extraordinaria mnemotécnica.
En los medios académicos, por lo menos los españoles, hay muchos prejuicios en torno a este uso de la filosofía. Si tomamos como ejemplo a otras áreas del conocimiento esto no sucede. Hay médicos que investigan o enseñan y otros que se dedican completamente al trabajo de consulta. Nunca diremos que un médico que sólo trabaja en un hospital es menos que uno que se dedica a la enseñanza, por ejemplo. Asimismo, y siguiendo el ejemplo, el médico al que vamos a consultar no tiene porqué mostrarnos su conocimiento de la historia de la medicina, éste sólo tiene que saber curar, es decir, aplicar su conocimiento. En cambio, cuando hablamos de filosofía hemos de recurrir siempre a la historia de la disciplina para justificar así nuestro conocimiento de ella, y lo que es más grave, que el uso de la filosofía se restrinja a esta área y nada más, o sea, al conocimiento de su historia (y por tanto a la enseñanza de la misma), olvidando con ello que en su aplicación se encuentra también implicado el problema de su tradición.”
   
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